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Sentarte a escribir

Esos momentos de gloria, a solas, contigo. El mundo se para y estás ahí con papel y bolígrafo. Benditos momentos…

 

Quise aprender a leer desde muy pequeña y desde que supe hacerlo, leer y escribir se convirtieron en mis dos grandes pasatiempos. Lo leía todo. Carteles por la calle, publicidades que aparecían en el buzón, los libros de la escuela (habitualmente más de los obligados)… y escribía de todo también y a todas horas. Lo hacía por gusto. Supongo que encontré ahí mi mundo, mi refugio y mi manera de expresarme aunque se quedara, la gran mayor parte del tiempo, guardado a buen recaudo en mis muchos diarios.

El año pasado mi madre se mudó y aparecieron cientos de escritos, algunos incluso encuadernados, libretas, diarios, hojas sueltas, incluso premios de concursos literarios.

Ha habido grandes momentos a lo largo de mi vida en los que he escrito más que nunca, sobre todo aquellos difíciles y en los que escribir me permitía expresarme, hablar cuando no podía decírselo a nadie más y mantenerme de algún modo a flote. Darme cuenta de todo lo que pasaba dentro de mí aunque no supiera qué hacer con ello. 

 

Reconocerlo es el primer paso. Me cago en el primer paso.
Esto no tiene salida.
No hay escapatoria.
No tengo remedio.
No hay manera de salir de la maldita enfermedad.
Sí, obvio que lo estoy.
Hace tiempo que lo sé.
Reconocerlo no siempre es la solución.
Reconocerlo es el primer paso.
Me río del primer paso. 
¿Cuál es el último? Porque creo que me tocaría ya estar en él.
Caigo, caigo y sigo cayendo en picado.
No soy más que una fracasada que sigue arrastrando el maldito mismo problema de siempre y no sé cómo salir de ello.
Estoy acabada, definitivamente acabada y me siento sola sin que nadie pueda comprender lo que pasa por mi cabeza. 
Ni yo lo entiendo.
Estoy muy tarada”
(Pequeño fragmento de escritos que algún día saldrán todos ellos juntos a la luz)

 

“De mayor quiero ser escritora”, dije siempre. ¿Lo he logrado? Escribo, sí, constantemente. Mi casa está llena de libretas, diarios, borradores, servilletas, papeles… Escribo en el blog, newsletters, escribo para mí, para mi trabajo en los procesos de coaching, tengo un curso online de escritura terapéutica para ayudar a que otras personas escriban y lleguen más adentro de ellas mismas y desde junio de 2021 tengo un libro, “Yoga para equilibrar tus emociones”. ¿Me convierte eso en escritora? ¿Cuántos libros o escritos se supone que deben haberte publicado?

 

En estos momentos en los que me encuentro creando a diario más que nunca para construir ese nuevo universo que tanto me inspira y que con tantas ganas deseo compartir, a veces me pregunto: ¿Quién eres Anna? Tenemos siempre todos esa necesidad que nos pide definirnos y colocarnos una etiqueta. 

Soy escritora. Sí, así me siento y estoy en paz con ello al fin aunque tantas veces revolotee por mi cabeza: ¿merezco ese adjetivo, esa palabra para mí? ¿Merezco todas las demás que explican qué ofrezco y deseo compartir? ¿Merezco estar en la posición que estoy ahora? Hace unas semanas hice un switch interno que me permitió aflojar y separarme de miedos, inseguridades y poder caminar con mayor seguridad. Escribo y por ende me considero escritora aunque me cueste todavía decirlo en voz alta. También, y desde hace poco, me siento profesora. De yoga, de meditación. Pero no desde la postura de alguien que lanza conocimientos transmitiendo un dogma o unas enseñanzas fijas, impuestas y en una sola dirección sino como alguien que comparte lo que sabe hasta el día de hoy; que lo lanza para quien desee hacerlo suyo y acomodarlo a su manera de ver y hacer.

Y soy psicóloga y coach.

Escribo y comparto todo lo que me es posible y a quiénes lo desean a través de este espacio en el que llevo escribiendo desde 2008, momento en el que decidí que todo lo que tenía dentro debía salir de algún modo e ir más allá del papel que se quedaba conmigo guardado en la mesita de noche. 

Ahora, desde hace algunos meses, comparto a través de otros soportes como los ebooks, talleres y en breve en sesiones individuales.

Pero escribir, sin duda, es una de mis grandes pasiones y algo curativo y terapéutico para mí. He acudido a ella sobre todo en los momentos más bajos de mi vida, en crisis y en situaciones en las que se requería de cambios y transformación. Desde enero de este año escribo a diario cada mañana, cada noche o durante el día si siento que lo necesito. He aprendido mucho haciéndolo. De mí sobre todo, de lo que me hace bien y lo que no, de lo que es necesario y lo que no, de mi alrededor, de los demás… Me he conectado de un modo más profundo, me siento más humana, presente y mucho más calmada y relajada.

Escribir es una gran herramienta de autoconocimiento y supongo que eso es lo que me permite sentirme como me siento y seguir caminando hacia donde deseo. Me sostiene, me permite dejar salir a la luz y ver frente a mí emociones, inseguridades, miedos, sentimientos, ideas, posibilidades. Me permite observar y discernir. Ver con mayor claridad. Comunicarme desde una postura totalmente abierta, entregada, segura y sincera. 

Me conecta con el momento presente, me permite bajar el ritmo, calmarme y estar en mí. No en todos los ruidos y exigencias externas. Escucharme y atenderme, otra manera de estar conmigo y cuidarme y comprenderme, de aceptarme tal y como soy y aceptar también lo que sucede y hay ahí afuera. Algo que al mismo tiempo es inmensamente creativo y que… cuanto más practicas, más fluye en todos los sentidos.

Un abrazo,

Feliz día,

Anna

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